Lección 9: Cosmogonías, orígenes de la lengua mental común.

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Por Eduardo Zeind Palafox

Revestido con el modesto ropaje

de la filología y la historia modernas,

llegó a Jerusalén y trató de tomar contacto

con el círculo de los últimos cabalistas.

Gershom Scholem, La cábala y su simbolismo

 

 

Si una sola cabeza es incapaz de fundar una ciencia, ¡cuánto menos una cosmogonía! Las ciencias se hacen gracias al trabajo de varias mentes y las cosmogonías gracias al de varias generaciones. Ciencia es saber certero, que no falla, que sirve para prever, como el cosmogónico. Prever es predecir, profetizar, es decir, avisar. La sociología que no avisa, que no establece seguridades, es deleznable, pues antes confunde, oscurece, que explica. La sociología, contrariamente a su intención, se ha transformado en un velo. Para volverla a su viejo camino, que era de explorador y no de fisgón, es menester volver a razonar los temas sencillos y grandes, tales como la cosmogonía.

La cosmogonía trata de explicar con mitos la formación del mundo. Todos los mitos contienen fragmentos de realidad y de fantasía, de filosofía y de poesía, de ciencia y de arte. Mito es cuento y todo cuento, por ser habla, quiere embelesar, y al hacerlo se ayuda de las argucias de la literatura. Las herramientas que usan los críticos literarios para analizar las obras de arte serán las mismas que el científico social usará para desbrozar cosmogonías. Toda literatura se sustenta en una filosofía y toda filosofía en una concepción del mundo, en una metafísica. Todo filósofo piensa, lo quiera o no, como primitivo, o sea, supone fenómenos o cosas que no puede verificar.

Analizaremos con Kant, Lévi-Strauss y Martha Nussbaum, que nos enseñaron a razonar verdades y no meras realidades, cuatro textos de cepa cosmogónica. El primero será paulino, el segundo judaico, el tercero totonaca y chino el cuarto. Leyendo breve fragmento de la “Epístola a los Hebreos” dilucidaremos qué es “fe” y cómo dicha noción palia toda inquietud cósmica. En unas líneas del “Talmud” veremos cómo el pueblo judío adunó en un mito la materia mundana con la humana materia. En un relato recogido en Veracruz veremos cómo nuestra psique inexorablemente afana leer las violencias de la naturaleza. Y finalmente un párrafo confuciano nos mostrará que el hombre, para no acabar en la incredulidad y la desesperanza, cree en fuerzas benévolas de oscuros orígenes.

Solemos pensar que los pueblos que no filosofan como nosotros, que conjeturan materias afantasmadas, son incapaces de hacer abstracciones, que también son fantásticas. Se abstraen esencias, datos perdurables. Para fijar dichos datos es necesario contar con un lenguaje capaz de captar lo intangible. Hay, afirma Saussure, lenguas “lexicológicas” y otras “gramatológicas” (Lévi-Strauss, 228). Las primeras están atenidas a la arbitrariedad humana, son espontáneas, y las segundas están sujetas a las hondas motivaciones metafísicas de los pueblos. Aquéllas dependen del símbolo y éstas de la sintaxis.

 

 

Lévi-Strauss explica que la proposición “el hombre malvado ha matado al pobre niño”, que tiene una estructura estibada en lo físico (hombre-niño), se dice en chinook así: “la maldad del hombre ha matado a la pobreza del niño” (11), que es de andamio casi panteísta (maldad-pobreza). La maldad, véase, puede ser atributo, modo, o simple extensión o posesión. La cosmogonía, por ser mito necesario, está llena de “atributos extensivos”, esto es, que no manifiestan esencias reales. De esencias imaginarias está hecha la mitología cosmogónica, es decir, de léxico arbitrario que simula estar bajo las leyes de una gramática.

En nuestras lenguas, que dejaron de ser poéticas para ser filosóficas, siempre faltarán palabras para signar lo que interesa a las tribus que escrutamos (19). Las lenguas no son meras productoras de símbolos, pintoras, sino efectos de las significaciones vitales, voces. Es posible que exista una simbología sin lengua, pero no una lengua sin simbología. La cosmogonía es una simbología capaz de existir sin lengua, es decir, sin sintaxis. Un gesto, un ademán, un signo, (“una palabra entonces, una sonrisa bastan”, dice Neruda) alcanzan para que dos hombres que creen en mitos se comuniquen ideas complejas. Un ritual no es una sintaxis de cuerpos y cosas, sino la aplicación de un signo a una situación, es decir, pragmática (“prâgma” o “asunto”), que dicen los semiólogos.

Imposible será comprender la multiplicidad de informaciones que hay en cualquier mito si no dejamos de ir, como nos obliga nuestra lengua gramatológica, directriz de nuestro pensar, de la variedad empírica a la simplificación conceptual y luego al significante (193). Hay que ir del significante, del “léxico”, del “sens” o “sentido”, a la variedad empírica, palpable (“aisthetos”) y no conceptuar. Conceptuar es caer en los caprichos de la gramática, tenaz prefiguración de nuestra percepción.

La literatura, además de pintar mundos nuevos, transforma la gramática. Ésta, sostenía el poeta Pessoa, es esclava del sentimiento. Inútil es la gramática que no plasma nuestra emoción. Martha Nussbaum era partícipe de la opinión del portugués, lo cual la llevó a mezclar en sus cátedras el Derecho y la Poesía, lo incondicionado y la concreta palabra, como acaece en la vieja poesía hebrea. La “economía política” teme a los “vanos libros”, a las novelas, a la poesía, a la ficción, cuentan. ¿Por qué? Por ser obras que miden lo humano con varas no monetarias (Nussbaum, 26). Irracional es, creemos, lo que no produce pecuniarias ganancias. Todo lo irracional, como la literatura, destruye nuestros mitos, devalúa a los dioses y triquiñuelas que exornan nuestras casas.

Es común pensar que sólo es respetable lo que se atiene al utilitarismo. Útil es lo que tiene aplicación palpable y da poder de compra o de uso. Es banal, luego, lo que no enriquece (87). Es juego lo que no para en dinero. El dinero se ha hecho un mito, o dicho en palabras mejores, caudal de la “racionalidad pública” occidental. Tal racionalidad es un conjunto de opiniones, de supuestos, de consensos. Lo consuetudinario, por estar siempre ahí, entre nosotros, pierde su cariz de artificialidad. Los pueblos están hechos, afirma A. Smith, de artificialidad (114), que sólo puede expresarse, a decir de Saussure y del poeta Whitman, con lengua nueva, hecha por artífices (161). Penetraremos cualquier cosmogonía cambiando nuestra axiología, nuestros valores, es decir, respetando lo que nos parece prescindible. Por eso Calderón de la Barca escribió que la vida es “frenesí”, “ilusión”, “sombra”, “ficción”.

Expuestos los arbitrios de dos meditadores modernos que han mejorado la percepción de lo extraño, detallemos la panoplia kantiana que nos permitirá lucubrar qué es una cosmogonía.

Los “juicios analíticos”, escribió Kant, son sólo puntos de partida para las ciencias. Sin éstos, que son piedras de toque, los filósofos se han dedicado a crear sistemas de pensamiento, racionalidades, cosmovisiones, con la misma liberalidad e irresponsabilidad científica de los “tribales”, si cabe usar tan fea palabra (Kant, 35). Una cosmovisión, que abarca cosmologías, teodiceas, mitos, cosmogonías, ontologías, artes, etc., es un “juicio sintético a priori”, información sacada de la imaginación.

Son los terrenos de la imaginación tan fértiles como los de la “razón pura”, donde no existe la contradicción. Contradicción hay cuando dos proposiciones se niegan, pugnan. Tal dialéctica, cuando es hecha por fantasmas, crea entelequias. Toda racionalidad hecha de entelequias es mítica, o sea, permite la existencia de cualquier hecho. Los hechos, ora los de la Primera Guerra Mundial, ora los matemáticos vistos por Lewis Carroll, no brindan saberes necesarios, universales (36). Lo que la ciencia no alcanza, luego, existe oscuramente. Oscuro es lo que oculta conceptos. Todo lo que no es conceptuado, metido en una gramática, es blasón, símbolo, sombra. Los símbolos, cuando se unen, crean sistemas herméticos. Y lo hermético se abre gracias la hermenéutica, que nos enseña que en toda investigación científica de fuste se parte de la tesis, de la afirmación, y se acaba en el concepto, nunca concluyente para no ser dogmático.

Pero los conceptos, cuando son muy grandes, difuminan las imágenes que crean, se hacen mitos de la materia. Yendo a ciegas confundimos, lamentablemente, principios con conceptos. Un principio es una verdad y un método una vía. Nuestros principios epistemológicos, lo vio Kant, son espaciales y temporales, causales, insuficientes para dibujar cosmogonías, que perviven allende cualquier lugar o época. Narrar con nuestra sintaxis los hechos cosmogónicos es como mezclar lo analítico con lo sintético, es decir, equivale a crear ambigüedades (37). En lo ambiguo confundimos lo que pensamos y lo que podemos pensar con lo que debemos pensar.

En suma, digamos que requerimos un lenguaje que acepte la contradicción, y un método que se conforme con inocentes tesis, y conceptos más ciegos que echen mano del sensorio entero, del oído y del tacto, digamos, y unas leyes causales más amigas de lo simultáneo que de lo sucesivo, y una narrativa menos sincrónica y cronológica y más anacrónica. He seguido el consejo de Kant, he filosofado sus conceptos. Los eruditos y sabedores de todas las líneas de Kant disculparán si he torcido su filosofía.

Rastreemos en los transcritos textos lo lexicológico, lo estético, lo irrespetable y lo irracional, materias todas de la cosmogonía, leyendo las contradicciones, aseveraciones fantásticas, nociones sombrías y mezcolanzas temporales que en ellos hay.

San Pablo, para lidiar con la apostasía, dijo (Hebreos 11: 1-3):

Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Porque por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos. Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía.

Notemos que en el texto la “fe” es término que nada representa, no estético, término incapaz de crear una figuración: una contradicción. Pero el fervoroso creyente, para no quedar en la nada, para hacer respetable su dogma, razona el “universo”, hontanar de imágenes que sirven para dar forma, extensión y color a lo que se “espera”. ¿Pero de qué fueron hechas las siluetas saturadas de materia que conforman el circo del mundo? De lo invisible, que supuestamente es eterno. ¡Magna anacronía! Es lo visible, aunque hecho de eternidad, finito, vana simbología, vía y verdad, pero no vida.

Para explicar al modo científico el “Gólem” (palabra hebrea que sólo una vez figura en la Biblia, en el salmo 139) , es decir, sin sensiblería, comparativamente, Gershom Scholem cita un pasaje del “Talmud” (Sanhedrin, 38b), más veloz que el “Macbeth” de Shakespeare y que narra el nacimiento de Adán:

Aha bar Hanina ha dicho: doce horas tenía el día. En la primera hora la tierra fue aglutinada; en la “segunda se transformó él en un Gólem”, una masa todavía informe; en la tercera fueron estirados sus miembros; “en la cuarta se inspiró el alma”; en la quinta se puso en pie; en la sexta dio nombre (a todos los vivientes); en la séptima se le otorgó como compañera a Eva; en la octava se metieron como una pareja en el lecho y lo abandonaron siendo cuatro; en la novena se le hizo conocer la prohibición; en la décima la conculcó; en la onceava se le sometió a juicio; en la doceava fue expulsado y abandonó el Paraíso, tal como se dice en el salmo 43: 13 (Scholem, 176).

El Gólem, según las líneas anteriores, está hecho de tierra, símbolo el más palpable de la obra de Dios, pues por ella hay cosmogonía y antropogonía, citando eruditas notas de la “Biblia de Jerusalén”. La tierra con miembros, para ser respetable y magnánima (“megalopsychía”) y no simple monstruo, absorbió un alma, que para ser libre se hizo contradictoria, irracional, pues quebrantó la Ley. Y pues extrañeza es que Dios haya regalado tan poco tiempo al hombre para que aprendiera a distinguir el bien y el mal.

 

“El dueño del pueblo”, relato totonaca, dice así:

Una tarde estaban unos señores platicando, cuando vieron una luz que caía del cielo; entonces empezaron a blasfemar contra el rayo, el relámpago y el trueno. En ese momento, el cielo se oscureció y la casita quedó iluminada por un relámpago. Los cuatro hombres quedaron casi cegados por la luz; sin embargo, no tuvieron miedo y dijeron: “Nosotros también tenemos machete”. Y con estas palabras, uno de ellos agarró su machete, salió de la casa y lo agitó por los aires, lo más alto que pudo. Su perro, que estaba por ahí, ladraba furioso. Cuando el hombre regresó, se quedó todo oscuro y se escuchó un tremendo trueno; entonces un rayo cayó sobre el perro, matándolo al instante. Todos los hombres quedaron aturdidos, como tontos, como muertos. Cuando volvieron en sí, se pusieron a rezar. Fue así como se dieron cuenta de que había que respetar al rayo, al relámpago y al trueno, y de que había que hacer una promesa de fe cuando viniera una señal del cielo para alejar el peligro y salvarse de cualquier mal (Albarrán, 29).

El rayo, hecho de materia visible pero no tocable para el hombre, en el cuento se hace de metal gracias a la declaración del iracundo con machete. Rayo, trueno y relámpago, gestos o símbolos con que el Cielo comunica, hablan al ojo, al oído y al tacto. No los animales, sino los racionales conduciéndose como irracionales, acatando a sus instintos, pueden intercambiar ritos con lo alto, y para dejarlo claro se mata al perro y no a uno de los señores.

Confucio, para probar que hay un saber fundamental y anterior a toda experiencia, en sus “Cuatro Libros Clásicos” apuntó (Libro I, cap. IV):

El Filósofo ha dicho: Yo puedo escuchar informes y juzgar procesos como los demás hombres. Pero, ¿no sería ya necesario el procurar que no hubiera procesos? En cuanto a los bellacos y a los malvados, ¿no deberíamos prohibirles que presentasen sus mentirosas acusaciones y prosiguieran en sus culpables intentos? Así se conseguiría someter enteramente las malas intenciones de los hombres. Y esto es lo que se llama conocer la raíz o la causa (Confucio, 39).

Las “malas intenciones” se materializan, entendemos, en los actos, que caracterizan al malo. ¿Cómo conocer al malo antes de que actúe? ¿Cambiando el lenguaje la enemistad y la iniquidad se vuelven amistad y justicia? ¿Cuál es la “raíz” del mal? ¿No es usar la palabra “raíz” dar materia a lo que no se ve? En toda palabra hay materia, causalidad, teleología y dioses, es decir, metáforas, poesía, creación. El hombre, hablando, haciendo símbolos, mitificando, aspira a poseer saber de creador, el del Creador.

Toda palabra representa una idea y las ideas pueden ser empíricas y científicas o filosóficas y teológicas. Nosotros, sociólogos occidentales, hemos hecho tal división lógica para llegar a cierta Inmaculada Verdad, idea metafísica, o a la imaginería tribal, mas hemos descubierto que nuestros idiomas, pese al rigor de nuestras bifurcaciones, como los de los “primitivos” se dan más a fusionar poesía, religión y filosofía (como en la “Divina Comedia” del Dante, más comprensible para un totonaca que cualquier tratado de Newton o Frege) que a limitarse a hablar o de puras cosas o formas o de puras creencias o angustias metafísicas. Y si cuanto hablamos todos es poesía, es menester plasmar en letras doradas lo dicho por Vico: “È necessario che vi sia nella natura delle cose umane una lingua mentale comune a tutte le nazioni”.

 

 

Fuentes de consulta:

ALBARRÁN, Rosa Isela, Relatos totonacos, Dirección General de Culturas Populares, México, D.F, 1994.

ANTOLÍN, Mariano, Gracias a Pound, El Trujamán. Revista diaria de traducción, 23 de agosto de 2013.

CONFUCIO, Los Cuatro Libros Clásicos, Berbera Editores, México, D.F., 2006.

GUIRAUD, Pierre, La semiología, Siglo XXI Editores, México, D.F., 1972.

KANT, Immanuel, Crítica de la razón pura, Editorial Porrúa, México, D.F., 2005.

LÉVI-STRAUSS, Claude, El pensamiento salvaje, Fondo de Cultura Económica, México, D.F., 2012.

NUSSBAUM, Martha, Justicia poética, Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile, 1997.

REINA-VALERA, La Santa Biblia, Sociedades Bíblicas en América Latina, México, D.F., 1960.

SCHOLEM, Gershom, La cábala y su simbolismo, Siglo XXI Editores, México, D.F., 2009.

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