Lección 8: Conciencia primitiva, raíz de los juicios sintéticos mitológicos.

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Por Eduardo Zeind Palafox

Es la conciencia la que sintetiza nuestras intuiciones. La conciencia no es algo, sino una función. Interpretar ideas, conceptos, colores, sonidos, es la función de la conciencia. Es decir, podemos conocerla si percibimos sus movimientos y sus cambios. ¿Pero cómo percibir aquello que nos permite percibir? Difícil pregunta que trataremos de responder echando mano de la filosofía de Kant y de algunos autores dedicados a la investigación etnológica y antropológica. Arrostrar la cuestión pulimentará nuestros lentes sociológicos.

Hagamos las preguntas que Kant hace en su “Crítica de la razón pura”. Son las siguientes: ¿Es limitada mi conciencia?, ¿es simple?, ¿es libre?, ¿es necesaria? Razonemos, poco a poco, las posibles contestaciones. Nuestra conciencia no puede percibirlo todo. Sería infinita si pudiera. Si fuera infinita podría alcanzarlo todo, todo de un golpe, simultáneamente, lo que nos convertiría en un dios. La función de la conciencia tiene, así, un inicio y un fin, nace y muere. La muerte es, decía Kant, una conciencia sin noción del tiempo.

Es finita nuestra conciencia, ¿pero también es simple? No es simple, pues sólo “es” cuando funciona, es decir, cuando percibe, cuando se fusiona o trabaja los objetos que tiene enfrente. Es finita y compuesta nuestra conciencia, ¿pero es libre? No lo es, pues no puede siempre elegir qué percibir y tiene que reaccionar ante lo contingente, lo accidental. Finita, compuesta y ancilar, ¿al menos necesaria será? Tampoco. El mundo, con o sin conciencia, existe. Lo que no existe sin conciencia es el “mundo humano”. Hagamos una pequeña síntesis diciendo que el objeto de la sociología nunca puede causarnos extrañeza, nunca como la causada por los fenómenos físicos, pues todo lo social es humano. En las ciencias naturales hay que retirar mucha bazofia para poder vislumbrar los objetos, pero en las sociales no. En ellas todo tiene valor.

Abigarradamente enseña Kant a distinguir los “juicios analíticos” y los “juicios sintéticos”. Los “analíticos”, sacados de la razón, hablan de relaciones necesarias y sirven para identificar las cosas, mientras los “sintéticos”, sacados de la experiencia, hablan de relaciones contingentes y no sirven para identificar los objetos. “Los perros ladran” es un decir analítico y “los perros son hermosos” uno sintético. Muchas son las hermosuras, pero sólo los perros ladran. La “hermosura” es una idea humana, sólo humana, construida por nuestras necesidades espirituales. “Las carencias arruinan la vida” es un decir analítico y “la pobreza arruina la vida” es uno sintético. Sin comida, sin agua, sin ropa, el hombre se hace bestia, pero no sin títulos universitarios o sin camisas o sábanas de holanda.

Toda la ciencia social está hecha de “juicios sintéticos”. Lo que no es “juicio sintético” en la ciencia social es parte de otras ciencias que, es claro, enriquece a la sociología. ¡Nuestra conciencia es una cosa compuesta, sintética, que puede ser de uno u otro modo! ¡No hay, como decía Marx, una conciencia humana, sino conciencias históricas! La economía ha creado una serie de categorías mentales, es decir, que configuran la conciencia, que hace creer a los pueblos que ella es una ciencia natural, una equiparable a la biología. Podemos vivir sin trabajar, pero no sin comer. Pero cuando trabajar es la causa del comer, o cuando enlistarse en una institución comercial es quehacer vital, la economía es tenida por necesaria, por angustia natural, o sea, insoslayable.

Revisemos los anexos términos económicos de moda, que algo iluminarán nuestros decires: “mejora continua”, “zona de confort”, “satisfacción del cliente”, “lealtad corporativa”, “motivación”, “ganar-ganar”. La conciencia, al ver su finitud, extendió sus saberes más allá de lo experimental y creó la metafísica, ciencia que no depende de la materia. Hoy, tiempo enseñoreado por la economía, la metafísica sigue vigente y con disimulo urde jerigonza como la dicha. ¿Mejoramos continuamente las prácticas fabriles para empeorarnos? ¿Salimos jóvenes de la zona de confort donde vivimos para llegar a otra zona de confort, pero ya viejos? ¿Satisfacemos al cliente envileciéndonos? ¿Somos leales a una empresa que nos repele cuando gusta? Nótese que basta hacer preguntas vulgares, de calle, para destruir las fraseología de los empresarios.

El faquiresco trabajador moderno, sin tiempo, esto es, sin conciencia, difícilmente podrá deslindarse de la palabrería mencionada, pues haciéndolo su mundo se acabaría, se descompondría, lo dejaría en la nada y solo. Los “juicios sintéticos” parecen “analíticos” porque no vemos sus “núcleos tácitos”, como dirían los gramáticos. El “núcleo tácito” de una proposición está en el contexto. Pero cuando no se comprende el contexto tampoco se comprende el núcleo de las proposiciones que usamos. ¿Comprenden los ciudadanos la estructura de la sociedad, del contexto en que viven? Tal comprensión no es agible para todos. Es menester contar con una formación filosófica especial para entender el mundo moderno, harto artificial, harto intrincado.

Bolívar Echeverría, en su texto “La modernidad americana”, nos hace notar que el paso de la “gründlichkeit” europea al “easy going” americano tal vez acabó de estorbar toda comprensión de la sociedad capitalista. El rigor, la disciplina, el día fabril, hoy es laxitud, desorden y día feriado. ¿Por qué, si todo es fácil, nos faltan horas? Lo fácil, además de multiplicar el trabajo, aliena. Ya no hacemos una proeza al día, sino diez mil nimiedades al día. ¿Qué obrero se quejará de una vida laxa y saturada de fiestas? La tecnología, que todo lo simplifica, con palabras casi mágicas le ha dado a sus propias virtudes un cariz de magia. Volver a las herramientas simples, a la vida de simples, es regresar al pensamiento primitivo. Trascribo unas líneas de Cassirer, que así dijo:

La creencia en la magia se basa en una convicción profunda de la solidaridad de la vida. Para la mente primitiva el poder social de la palabra experimentado en innumerables casos se convierte en una fuerza natural y hasta sobrenatural. El hombre primitivo se siente a sí mismo rodeado por toda suerte de peligros visibles e invisibles, que no espera vencer por meros medios físicos. Para él, el mundo no es una cosa muerta o muda; puede oír y comprender. Por lo tanto, si los poderes de la naturaleza son invocados de modo debido, no podrán rehusar su ayuda.

 

¿Qué hace el trabajador cuando se ve amenazado por el supervisor? Dice, cual ensalmo encantorio de cavernícola que implora al trueno, “ganar-ganar”, “ganar-ganar”, “ganar-ganar”. ¿Qué cuando lo arrojan a la calle, cuando lo despiden? “Paciencia… sólo salgo de mi zona de confort”. Muy débil y manipulable es la conciencia cuando está hecha de “juicios sintéticos” y de metafísica primitiva, mágica. ¿Qué certeza tiene quien con accidentes y mitos sustenta su vida? Tres ideas son los ejes de toda sociedad: Dios, Inmortalidad y Libertad. Las tres, cuando andan bien juntas, forman dogmas. Dogma es una doctrina que denigra a otras doctrinas con firmeza, ciegamente. Los dogmas no buscan verificar la validez, el valor ni la extensión de sus tesis.

El cliente, por ejemplo, según el dogma comercial, es la otra mitad de la cosmovisión del vendedor. Sin comprador no hay vendedor, sin demanda no hay oferta y sin proletariado no hay capitalistas. El cliente, además de ser parte de la cosmovisión del vendedor, es un miembro más del vendedor. Lo que le duele al esclavo, decía don Quijote, le duele al amo. No hay libertad, poder de compra, sin ventas, sin clientes. Los clientes son, así, necesarios. Tan intrincado asunto hace que los trabajadores donen su tiempo, su vida, con tal de vender. Gran parte de la sociedad capitalista actual vive de la donación, otra forma de la plusvalía. La plusvalía se saca manipulando el tiempo y la donación manipulando la percepción, el espacio. Citemos al economista K. Boulding:

Así, es probable que la eficiencia percibida de las donaciones sea una variable importante. La eficiencia es la relación entre el beneficio percibido por el recipiendario y los costes percibidos por el donante. Así, si al sacrificar un dólar percibo que mejora la posición de alguien en cuatro dólares, mi percepción de la eficiencia de la donación es 4. Si percibo que al sacrificar un dólar, sólo mejora la posición de otro en cincuenta centavos, mi eficiencia percibida es de 0,50. Evidentemente, cuanto mayor sea la eficiencia percibida, más probable es que ampliemos el total de nuestras donaciones y también es probable que ampliemos éstas en la dirección en que percibimos la mayor eficiencia.

 

 

 

Dona el trabajador para mejorar su conciencia, para creer que su vida es necesaria. Pero, como decía Ortega y Gasset, ningún dogma, por serio que sea, puede sostener nuestra vida, cada vez más pesada, más cargada de objetos, más objetivada, fácil de medir. ¿Qué se hace para aligerar la existencia? Se juega, pero se juega seriamente. Todo juego implica descripciones, narraciones, instrucciones y reglas. Pero describir, narrar, no es analizar. La novela, el cuento, el poema, son habladoras pinturas caprichosas, arbitrarias, que no explican la estructura del mundo que nos envuelve. El arte palia, mas no resuelve.

El artista verdadero, capaz de penetrar las síntesis mundanas, de crear “juicios analíticos” con lenguaje nuevo, que llaman “poético”, comunica lo que ve o hablando de coyunturas o   huecos o truncando la lengua.  Rimbaud, que cantó lo invisible, el accidente y el mito desde el infierno, desde su “yo” finado, desmembrado, desperdigado e inútil, “yo” de artista, escribió: “¡Cielo! ¡Amor! ¡Libertad! Sueños, mi pobre loca./ En ellos te fundías como nieve en la llama,/ Ahogaron tus visiones a tus pobres palabras,/ Y el atroz Infinito extravió tu mirar”.  Podríamos decir, en vez de “nieve y llama”, “trabajador y fábrica”. Desde la realidad, o “infierno”, habla el francés del Cielo o Dios, del Amor o Inmortalidad y de la Libertad, y al hacerlo nos muestra que la conciencia, por no poner límites a sus saberes, se pierde en el vacío.

Otro poeta, Nicolás Guillén, de gracioso modo señala cómo el lenguaje, cuando es mercantil, todo lo reduce a cosa, todo lo allana, desgracia. Dice: “Con tanto inglé que tú sabía,/ Vito Manué,/ con tanto inglé, no sabe ahora/ decir: ye”. No podemos, escribió Kant, simultáneamente construir y verificar que lo que hacemos está bien hecho. Es necesario escribir la historia cotidiana, dijo Engels, aunque esté llena de errores. Leámosle: “Pero todas las condiciones de una exposición sintética de la historia diaria implican inevitablemente fuentes de errores, sin que por ello nadie desista de escribir la historia diaria”.

 

 

El historiador, desde el presente, mira al pasado, sintetiza, pero el sociólogo desde el futuro ve al presente y al pasado y los analiza para distinguir lo que siempre será como parece ser y lo que pudo o puede cambiarse. ¿Qué hace el sociólogo para poder pararse en el futuro? Va al lenguaje, que es alta simiente de las conciencias, y cual poeta todo lo otea desde él. Digamos con Dumézil que lo que hoy es adjetivo mañana será sustantivo. Así, lo que hoy es cualidad mañana será cantidad y lo que ayer fue “valor de uso” hoy es “valor de cambio” y lo que es accidente será transformado en necesario por las mentes primitivas de los ergástulos fabriles. Dumézil estudió los mitos nórdicos y descubrió lo transcrito:

el hombre mismo de Ódinn, que no es oscuro, impone el situar en el centro de su ser una noción “espiritual” que funda la acción más eficaz: la palabra escandinava antigua de que deriva, “ódr”, y que Adán de Bremen traduce excelentemente por “furor”, correponde al alemán “Wut”, “furor”, y al gótico “wóds”, “poseído”; sustantivo, designa tanto la embriaguez, la excitación, el genio poético (cf. anglosajón “wop”, “canto”), como el movimiento terrile del mar, del fuego, de la tempestad; adjetivo, significa ora “violento, furioso”, ora “rápido”.

Los “juicios sintéticos”, en suma, que pasan por “analíticos”, fueron alguna vez mitos. La ciencia moderna es un conglomerado de mitos modernos. Y nadie ignora que los mitos nacen de la contingencia, o dicho en palabras más claras, de conciencias que no aceptan que la contingencia las acote, las fragmente, las esclavice y las eche a la zona de lo baladí. La conciencia, que es voluntad, para acrecer sus funciones todo lo sintetiza, y para eternizarse se inocula en todo, y para ser libre se reinterpreta, y para justificar su existencia se diviniza.

 

 

Fuentes de consulta:

BOULDING, Kenneth E., La economía del amor y del temor, Alianza Editorial, Madrid, 1976.

CASSIRER, Ernst, Antropología filosófica, Fondo de Cultura Económica, México, D.F., 2012.

DUMÉZIL, Georges, Los dioses de los germanos, Siglo Veintiuno Editores, México, D.F., 2001.
ECHEVERRÍA, Bolívar, La modernidad americana. Recuperado de: http://www.bolivare.unam.mx/ensayos/La%20modernidad%20americana.pdf

MARX, Carlos, ENGELS, F., Obras escogidas en tres tomos, Tomo I, Editorial Progreso, Moscú, 1980.

KANT, Immanuel, Crítica de la razón pura, Editorial Porrúa, México, D.F., 2005

RIMBAUD, Arthur, Poesías, Editorial Espasa Calpe, Madrid, 2004.

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