Lección 5: Tiempo, espacio, substancia y accidente en la observación sociológica

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedInPin on Pinterest

Por: Eduardo Zeind Palafox

Director de investigación – Umano

 

Todo observador puede ser observado, es decir, todo sujeto también puede ser objeto. Observador sólo puede ser quien es juicioso, capaz de sintetizar sin dejarse arrastrar por la superficie de las cosas. Quien observa está quieto, puede contemplar. Contemplar es suprimir, como decía Schopenhauer, el “yo”. No poder hacer esto nos impide comprender el arte y cualquier objeto escrutado. Quien no contempla no puede producir proposiciones científicas, útiles para prever.

Lo contrario de la ciencia es la ideología, saber dogmático. El sociólogo que trabaja con proposiciones dogmáticas, nacidas de la opinión, del oído, tiene representaciones inadecuadas, vagas. Lo vago no es un ente, sino un esquema. Esquema es lo que hay entre el concepto científico y el objeto observado. Para cruzar la barrera que son los esquemas tenemos que suponer que también nosotros, y no sólo el objeto mirado, estamos en movimiento. Tal suposición implica que no somos nosotros la substancia, lo quieto, y que lo otro no es mero accidente.

Solemos pensar, porque habitamos en nosotros mismos, que somos substancia y que el prójimo, lo que se nos enfrenta, es accidente. La substancia perdura, permanece, y lo que permanece es tiempo. Explica Kant que lo exterior está en el espacio y que lo interior, nuestra psique, está en el tiempo. El tiempo es una condición “a priori” para que podamos conocer. Sin tiempo todo sería simultáneo, todo sería confuso. El mayor vicio del sociólogo que pretende no confundirse es dividir el tiempo de modo teleológico. Cuando se pronuncia la palabra “tribu”, por ejemplo, también se está diciendo la palabra “primitivo”, que significa “pasado”. Lo “pasado”, al ser tiempo, sólo está en nuestro interior, sólo es una representación nuestra que nos facilita creer que somos substancia.

Todo saber, ha explicado Kant, se logra mediante las analogías. Podemos comprender lo que tiene análogos, lo que puede ser comparado. Nuestra mente, al comparar, divide el espacio, y al hacerlo, al ir de un espacio a otro, “produce”, digamos, tiempo. Pero nada se produce “ex nihilo”. Afirmamos que las provincias de cualquier país viven en el pasado y que las capitales, donde se “produce” el futuro, en el presente. ¿Cómo se apropian las capitales del tiempo? Apropiándose de la palabra “ciencia”, que equivale a “substancia”. La ciencia se ocupa de lo real y donde no hay ciencia no hay realidad. El átomo del científico es el átomo del presente, mientras que el átomo que imagina el escritor de provincia es el átomo que imaginó Demócrito. A lo anterior lo llamo “territorialización del tiempo”.

Territorializar el tiempo es transformar, hacer que el tiempo, que la psique, ocupe un espacio extramental. La visión conjunta de los habitantes de una gran ciudad, la opinión que tienen del átomo del presente forma, mediante declaraciones, el presente, el “hoy”. El presente, así, por ser concepto quieto, científico, es durable, eterno, substancial, en tanto que el pasado es un dejo de presente y el futuro una actualización potencial del presente. Hemos tenido, como quería Wittgenstein, que hacer un complicado recorrido mental para desanudar lo que las ciencias, la política y la opinión han tejido, que es el “mundo social”, usando las palabras de Searle.

Hay una línea que Borges introdujo en uno de sus prólogos que dice: “Ciudades polvorientas, desparramadas casi al azar” [1]. Para el profano en ciencias naturales el átomo es polvo y para el carente de consciencia histórica toda provincia es hija del azar, que avienta por doquier polvo y ciudades. El sociólogo, que no conoce todas las ciencias, tampoco sabe de dónde vienen todas las opiniones, por lo que deberá seguir el concejo de Ortega y Gasset: leer en las opiniones que las ciencias en boga producen el devenir. Tales ciencias constituyen el raciocinio social. El raciocinio social es un conjunto de tópicos que se hilvanan para hacer posible la comunicación. Si tiempo y espacio son, según Kant, condiciones “a priori” para conocer, la opinión que sobre ambas cosas tenga un pueblo será la condición con la que dicho pueblo enfrentará el mundo.

Explica el gran filósofo que tiempo y espacio no son atributos de las cosas, que nosotros ponemos en las cosas tiempo y espacio como quien les pone color. Por eso se cree que hay “tribus primitivas”, “ciudades modernas”, “provincias añejas”, “urbes futuristas”. Las creencias son principios que nunca cuestionamos y lo que nunca es cuestionado se inocula en el lenguaje, que usamos sin saber cómo lo hacemos. Searle, para explicar tan gran fenómeno, afirma que es posible imaginar una sociedad con lenguaje pero sin dinero, matrimonios o policía, pero imposible imaginar una con todo lo dicho pero sin lenguaje [2]. El lenguaje es anterior a las instituciones. El lenguaje, porque es sintaxis, es tiempo, es decir, fenómeno mental.

Para poder comunicarnos acomodamos los fenómenos mentales de tal manera que siempre parecen estar conectados coherentemente. Pero formalizar es escamotear significados, preferir lo correcto a lo verdadero. El lenguaje, así las cosas, parece ser duración, substancia, cosa natural, pero es simple sintaxis cuando sólo es opinión. Toda sintaxis no expuesta a la crítica crea ilusiones, paralogismos. Si el alma es substancia, si es simple, también es inmutable y eterna, creemos. Y si es substancia puede causar efectos. La sociología a veces habla de las “almas” de los pueblos, de “folklore”, de “cultura”, conceptos todos parecidos al de alma, concepto sin objeto, diría Kant, que no puede verificarse, sino sólo suponerse para explicar ciertos fenómenos.

Si el “alma” es eterna entonces es incondicionada. Lo que no acata condición alguna, sostiene Kant, fácilmente nos lleva más allá de los terrenos de la experiencia. Las instituciones no pueden verse, pero sí oírse poniendo atención a la palabra, o a las “declaraciones”, diría Searle. El lenguaje es real porque acata condiciones, que son puestas por el interlocutor. Comprender cómo el dinero, por ejemplo, que es posterior al lenguaje, pues es una institución, a decir de Searle, cuesta tanto trabajo porque parece ser un ente “incondicionado”. La frase “negocios son negocios” contiene una metafísica inexplicable para la sociedad moderna.

 

Karl Marx, solemne sociólogo que supo distinguir en la ciencia económica lo que es substancia social, “materialismo histórico”, y lo que es accidente, política, “materialismo dialéctico”, escribió:

Uno es capital en forma de dinero, otro capital en forma de mercancías. Por tanto, las funciones específicas que los distinguen no pueden ser otras que las diferencias que median entre la función del dinero y la función de la mercancía. El capital-mercancías, como producto directo del proceso capitalista de producción, recuerda su origen y es, por tanto, en su forma, más racional, menos carente de sentido que el capital-dinero, que no conserva el menor vestigio de este proceso, ya que en el dinero desparece siempre toda forma específica de uso de la mercancía [3].

Toda mercancía tiene un valor de uso gracias a los avatares de la historia y a los de la opinión. Marx descubrió que fue la opinión con viso de ciencia, la ilusión de la dialéctica, lo que fusionó lo substancial con lo accidental, lo que es analítico y lo que es sintético, usando los tecnicismos kantianos. La actualización de toda mercancía, que fácilmente se queda en el pasado, es el dinero. Quien tiene dinero tiene en las manos tiempo presente y quien tiene el presente posee la “causalidad final” del mundo. El provinciano cree que es necesario ir a la capital para actualizarse y al ir se entrega a la opinión del capitalino, que a su vez se entrega a la opinión del capitalista, que es quien le da el dinero, es decir, una vida actual.

El dinero, por ser ente “metafísico”, ente que parece ser “en sí”, sirve para que la dialéctica social, el diálogo entre los hombres, siempre encuentre punto de partida y de llegada. Nuestra razón, asevera Kant, jamás podrá librarse de la “ilusión trascendental”, que sirve para resolver las antinomias que se nos presentan. Él dice:

La causa de esto es que en nuestra razón (considerada subjetivamente, como una facultad humana de conocer) hay reglas fundamentales y máximas de su uso, que tienen la autoridad de principios objetivos, por donde sucede que la necesidad subjetiva de un cierto enlace de nuestros conceptos, para el entendimiento, es tomada por una necesidad objetiva de la determinación de las cosas en sí mismas” [4].

Nuestras necesidades mentales nos parecen apodícticas porque desconocemos sus orígenes, que son el espacio y el tiempo. Creemos que lo que ocupa un espacio y un tiempo tiene un origen y que lo que tiene un origen tiene una finalidad. Toda gran ciudad, pensamos, es una substancia que fue una provincia y toda provincia, si los astros ayudan, será una gran ciudad. Ignoramos, luego, que las ciudades son posteriores al lenguaje, que son accidentes que hablan a través de otros accidentes, como lo son las mercancías. Las mercancías, según la lógica, son sólo conceptos de otros conceptos, representaciones inadecuadas, vagas, meros esquemas que nos alejan de la realidad y de la razón pura.

 

Fuentes de consulta:

[1] BORGES, Jorge Luis, Prólogos con un prólogo de prólogos, Alianza Editorial, Madrid, 2005.

[2] SEARLE, John, Creando el mundo social. La estructura de la civilización humana, Paidós, México, D.F., 2014.

[3] MARX, Carlos, El Capital, tomo II, Fondo de Cultura Económica, México, D.F., 2012.

[4] KANT, Immanuel, Crítica de la razón pura, Editorial Porrúa, México, D.F., 2005.

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedInPin on Pinterest