Lección 1: Introducción al pensamiento sociológico

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Por Eduardo Zeind Palafox

La razón, dice Kant en la Crítica de la razón pura, nos obliga a hacernos preguntas incontestables e inevitables. Siempre estamos indagando qué hay allende la muerte y para qué nacemos; siempre, sea dicho con verdad, estamos inconformes con nuestra existencia, a la que hay que buscarle o inventarle un fin, un sentido. Pero la mente humana es pequeña, poco sólida, incapaz de responder cuestionamientos tan altos, y para paliar tamaña torpeza inventó la filosofía.

La filosofía es la ciencia de las ciencias, la madre del saber. De ésta se ha desprendido hace poco la sociología. En decenas de lecciones, que el lector curioso irá leyendo mansa y pacientemente, aprenderemos a pensar como sociólogos, es decir, como filósofos a los que nada humano les parece indiferente.

¿Por qué no podemos dejar a un lado las preguntas que más nos angustian? Porque no somos máquinas, porque sentimos, porque tenemos vivencias. Hay vivencia cuando adunamos experiencia y concepto. El sociólogo no debe interesarse sólo en las experiencias de un pueblo o grupo social, ni sólo en los conceptos con que piensa: debe vislumbrar el tejido del que están hechas sus vivencias.

Para soportar la idea de la muerte hemos creado la religión, y para dar armonía a nuestra sociedad hemos creado el derecho. La primera, claro es, está revestida de “santidad”, y la segunda de “majestad”. ¿Qué pasa cuando ambas cosas, “santidad” y “majestad”, se instalan en nuestra cabeza? Pasa que los que eran principios, meras explicaciones provisionales, se vuelven dogmas, y que éstos luego se hacen mitos. El sociólogo, por ende, debe ser filósofo, y éste, por causas que después reflexionaremos, debe ser un extremado crítico.

Vayamos al pasado. Cuenta el historiador cristiano Copleston que los griegos mucho admiraban al hombre voluntarioso, perseverante, al que ponía por obra sus afanes y los lograba [1], ora a fuerza de vitalidad, gana y tesón, ora a fuerza de ingenio, ciencia y paciencia; tal actitud, por ser admirada, buscada y loada, se transformó en principio y después, como tenemos dicho, en dogma. ¿Qué acaece cuando una civilización deja de criticar sus dogmas? Se hace ciega. El sociólogo ducho sabrá, así las cosas, desbrozar lo que es principio vigente, actual, y lo que es dogma, anquilosado pensamiento.

También los griegos respetaban sobremanera el pensamiento abstracto, que sólo es posible merced al orden político. Pensamiento abstracto y política, cuando se juntan, hacen filosofía sana, aplicable a la realidad. Hay pueblos que poseen filosofías inaplicables a la realidad, o que no permiten que su pensamiento abstracto sea cribado en la realidad, como el romano, que luego de tanto imperar cayó en la molicie, que lo llevó a la ruina.

Todo lo que no tenga “piedra de toque”, decía Kant, pertenece a la metafísica, al dogma, y tiene que ser criticado, desembozado por el sociólogo. Horacio, en su Epístola I, nos da un buen ejemplo de dogmatismo: “Es virtud huir del vicio y la sabiduría primera/ de torpeza carecer” [2]. Nadie ignora que las Epístolas de Horacio fueron casi un manual de buena conducta para la civilización occidental, un sistema de dogmas que mal entendido más causa tristezas que alegrías, malos que buenos, viciosos que virtuosos. ¿Por qué? Porque hoy el término “vicio” significa algo muy distinto a lo que significaba en los tiempos anteriores a Jesucristo. ¿Podría un abuelo tradicionalista educar a su nieto con el epistolario horaciano? Sí, pero críticamente.

Quien es crítico, sociólogo serio, veraz, se interesa por todas las cosas, y lo primero que hace al pensar en su objeto de estudio es revisar la validez del lenguaje que usa. Admitir la jerigonza, la fraseología heredada y la ideología de moda sin cuestionarlas, examinarlas o escrutarlas con aparato histórico, es caer en el “indiferentismo”, que es dejar que las cosas y las palabras hablen lo que gusten sin tener que atarse a las preguntas del científico.

El sociólogo bien formado, labrado con instrumentos filosóficos, bien distingue qué es “ontología” y qué “gnoseología”. La primera estudia las cosas y la segunda lo que sobre las cosas sabemos. A groso modo digamos que una atiende las cantidades, calidades, relaciones y modos de ser de los objetos y que la otra a las opiniones o proposiciones que pretenden explicarlos. García Morente, filósofo con el talento de hacer fácil lo difícil, máximo don del pensamiento humano, dice:

Tenemos así una división de la filosofía en dos partes: primero, ontología, o teoría de los objetos conocidos y cognoscibles; segundo, gnoseología (palabra griega que viene de “gnosis”, que significa sapiencia, saber) y que será el estudio del conocimiento de los objetos [3].

La sociología mejorará sus análisis distinguiendo arqueología y tecnología de etnología y ciencia, por ejemplo; o dicho en fea prosa castellana, sabrá separar lo que es necesario de lo que es contingente. Karl Marx, por cierto, al que leeremos después, fue uno de los grandes divisores de lo anterior.

Kant, para enseñarnos tales quehaceres, afirma que sólo la “razón pura”, la que no depende de la experiencia, nos habilita para hacer distinciones tan complejas. Pongamos unos ejemplos. Una cosa es la “humanidad” y otra el ser humano de carne y hueso; una cosa es la “maternidad” y otra la madre real, la que sufrió dolores al parir; una cosa es, finalmente, el “concepto” y otra el objeto al que subsumimos en aquél. El sociólogo que bien ha aprendido dichos tejemanejes mentales difícilmente se desorientará en el caos que toda sociedad presenta. Un pensador tan grande como Theodor Adorno, lucubrando nuestros asertos, en una ponencia dijo:

La sociedad es contradictoria y, sin embargo, determinable; racional e irracional a un tiempo, es sistema y ruptura, naturaleza ciega y mediación por la consciencia. A ello debe inclinarse todo el proceder de la sociología. De lo contrario incurre, llevada de un celo purista contra la contradicción, en la más funesta de todas: en la contradicción entre su estructura y su objeto [4].

¿Qué es determinable? Lo abstracto. ¿Qué contradictorio? Los dogmas, que en manos de ciegos no encajan en la realidad. ¿De qué está hecha la estructura de toda sociedad? De instituciones y de lenguaje. ¿Cuál es el objeto de estudio de la sociología? Las relaciones que hacen posible una sociedad, y no la sociedad “en sí”, mera entelequia del idealismo.

Fuentes de consulta:

[1] COPLESTON, Frederick, Historia de la filosofía, vol. I, Editorial Ariel, Barcelona, 2011.

[2] HORACIO, Epístolas y Arte Poética, Universidad Nacional Autónoma de México, México, D.F., 1974.

[3] GARCÍA MORENTE, Manuel, Lecciones preliminares de filosofía, Editorial Diana, México, D.F., 1964.

[4] POPPER, ADORNO, DAHRENDORF, HABERMAS, La lógica de las ciencias sociales, Colofón, México, D.F., 2008.

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