El hacer embota el pensar.

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Por Eduardo Zeind Palafox

El mucho escribir e improvisar mitotes ha hecho que mi nombre, que es firma de cuantimás artículo, nota, reseña y blasfemia, no haya sido impreso en bronces, pero sí en el corazón de las muchedumbres, que varias veces me han colocado en altísimos estrados para comprobar las minucias, teorías y triquiñuelas que acreditan el peculio que en sendas instituciones bancarias he guardado para evitar el desazón en la penuria de la vejez.

La antepenúltima vez que sobre tablas tuve que enhebrar oraciones conocí, gracias a la fama y altivez que la elevación del cuerpo da, a una zagala de Guadalajara, lugar alegre de nuestra nación donde bien crecen los facciosos economicistas. Saqué provecho de las dádivas de la fama y sabiendo que lo gratuito es despreciado le prometí a la mentada que le enviaría los futuros escritos que pergeñaría para seguir alimentando mi nombre, ya bastante rollizo y vitamínico para las víboras e insectos de la crítica universal. 

El intercambiar palabras y guiños y los vasos de vino que prestos se vaciaban debido a nuestra nula o tediosa plática nos colocaron, pasando los meses, en la estrechez de proponernos matrimonio, siniestro plan de la biología que gracias a Dios se malogró y que nos permitió proseguir en nuestras deshonestas costumbres, consistentes las suyas en adular famosos y las mías en conjeturar y teorizar lo que a ningún mortal le interesa. Pero el compromiso roto no canceló los envíos de artículos, que por razones predecibles llegaron a caer muy mal a la comentada desamorada dama, que para detener el maremágnum de párrafos antipoéticos que de mi parte recibía me mandó un platónico billete que decía así: “No mandes más artículos. Son incomprensibles”.

¿Fue la cesación laudatoria y amatoria causa de que mi prosa bajase su calidad? ¿Ella decía que yo era el escritor más respetable, agudo y preclaro del continente sólo porque sería su marido? Para librarme de tan corpulentas dudas medité como sociólogo y escribí como imprudente lo que sigue en mi libreta de ocurrencias: “Las mujeres, y no sé si los hombres también, sólo entienden lo que desean”. Por poco profundo e inepto pasará lo dicho, pero interpretado filosóficamente dice lo siguiente: “Los seres humanos acatan más a su espontaneidad que a la realidad”.

Mucho desdoro, así las cosas, padecerán las teorías que ensalzan al ser humano, supuestamente racional, templado y superior al reino animal por su habilidad para comprender, ordenar y enjuiciar. ¿Acaso los humanos, según tenemos dicho, son necios al observar lo real y optimistas al imaginárselo? Para evitar las chafarrinadas mentales gran remedio es el leer a los filósofos clásicos, y uno de ellos es Schopenhauer, que escribió: “La fuente del mal es que, por un excesivo trabajo manual del experimentar, se ha dejado de ejercitar la labor mental del pensar”.

¿Qué mucho que un escritor moderno y destemplado como yo no haya visto que la zagala de Guadalajara era antes “moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho” que delicada lectora degustadora de sabiduría? ¿Podía ella penetrar los andurriales de la percepción y conocer que la altura de la fama no garantiza riquezas sensualistas ni deleites nerviosos? ¿Vivimos en una época estulta donde hay más escritores o fantaseadores que lectores o críticos, época en que sólo podemos ver endriagos, quimeras, alucinaciones? El público moderno, parece, es acero, y el escritor imán; éste quiere dirigir y aquél ir a ciegas.

¿Y qué provecho sacará el sociólogo que lea este rasguño de pintura de costumbres? Una cosa invaluable: el pícaro hábito de la observación honesta, limpia de prejuicios y teorías, la cual nos permite, como insinuó Thomas Kuhn, confiar más en el arte y dudar de los famosos libros de ciencias, ya sociales o naturales, que son productos de la historia, catálogos de opiniones y compendios de modas, aseveración confirmada por el desastrado mundo que día a día tenemos que tolerar y que nadie, según parece, puede descifrar y hacer entrar en razón.

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