Diseñar humanamente

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Por Mariela González

“El diseño se trata de la necesidad”

-Charles Eames

 

Comúnmente se relaciona la palabra diseño con estética y como algo dirigido a cierta élite (aquella que lo puede pagar). Las frases “esto tiene diseño” o “esto no tiene diseño” son muy comunes para clasificar cualquier objeto o espacio. Sin embargo, ¿qué es realmente el diseño? En su libro El diseño en la vida cotidiana, John Heskett nos menciona que éste “es una de las características básicas de lo humano y un determinante en la calidad de vida. Afecta a todas las personas, en todos los detalles que hacemos cada día”…

Me gusta tomar esta definición porque coincido profundamente en que una de las finalidades de diseñar, se centra principalmente en mejorar la vida de cada uno de nosotros. Desde principios de la humanidad el hombre ha estado en constante búsqueda de “vivir mejor”, por lo tanto innovando y creando cosas nuevas o perfeccionando las existentes. Muchos grandes inventos han salidos sin precedentes (como la rueda), muchos otros han sido el resultado de cientos de cambios y ajustes a través de los años.

Retomando la esencia en mi frase inicial sobre la “necesidad”, creo que gran parte de las personas que nos encontramos en actividades como la arquitectura, interiorismo, diseño industrial, diseño gráfico, web, etc. nos olvidamos rotundamente que la necesidad no sólo está en un pequeño círculo que paga por recibir productos o servicios innovadores, sino que está inmersa en cada uno los seres humanos.

Por ejemplo, el derecho a la vivienda de calidad tendría que ser de todos sin embargo me pregunto, en el caso de la arquitectura, ¿qué se está haciendo para realmente cambiar el paradigma de que sólo quien tiene dinero puede recibir “un buen diseño”? ¿Cómo podemos colaborar para que diseñar se clasifique como una acción humanitaria y no solo como una estrategia de presunción personal, de marketing o de ventas masivas? Y entonces, ¿cómo definimos el buen y el mal diseño?

Definitivamente esta labor debería estar clasificada no solamente por el resultado formal que tenga un producto o espacio, sino por la manera en cómo estos conceptos, creados en las mentes de los diseñadores, son experimentados por las personas. A veces lo más simple es lo más mágico. Pienso que un buen diseño nunca será solamente el que cumpla con todas las características de funcionalidad, estética, rentabilidad, etc. Veo mucho más allá de eso, lo veo más ligado a las experiencias, a las emociones, aquello que evoca en nosotros el sonreír, que se nos enchine la piel y que nos lleve a quererlo vivir una y otra vez. Coincido con April Greiman al final de cuentas, cuando dice “si un diseño no se siente bien en el corazón, lo que dice el cerebro no importa”.

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